miércoles, 16 de julio de 2008

Insolentes

En el 2006 me llegó este mail, que aún conservo. Titulado como "La Argentina insolente". Y le quitaría "Argentina", porque en mi país lo siento igual.

Hoy tuve un intercambio de mails con alguien que vive cruzando el charco y me decía esto:

"Te cuento algo de tu paisito.... Mucha gente, me incluyo, esta pensando/diciendo "deberiamos considerar ir a vivir al UY"... "es un pais prolijo"... "respetan las instituciones"... "haces cagadas y vas en cana"... "la gente es de lo mas amable, cordial, educada y simpatica"... no como aqui q nos odiamos todos!!!... Las pocas veces q tuve la suerte de ir, volvi con esa exacta sensacion... My friend, sentite orgullosa de tu pais... Y de tu gente... Son MIL veces mejores que nosotros... Y seguramente cuando hacen denuncias las hacen como corresponde ante la justicia y con pruebas concretas y no via mails q nadie puede probar (tiran la piedra y esconden la mano!!! no es la manera de hacer denuncias!!!)

Y tuve que contestarle que está equivocado. Que eso era hace 10, 20 años atrás! No se engañen. Yo adoro a mi país, pero acá también parece que nos odiaramos entre todos. "Cordiales, educados y simpáticos" con los extranjeros, quizás. Pero a quién le vamos a vender que somos todo eso hoy por hoy?

Yo hace rato que dejé de sentir todas esas cosas en mi país, y sé que no soy la única.

Pero bueno. A lo que yo iba era al siguiente mail que sigo conservando:


Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:

Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.
Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.

Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía... Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía a raya con la simple amenaza: "Ya van a ver cuando llegue papá".

Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar...

Porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa. No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.

Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían. Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas. Y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.

Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran "lavarse las manos antes de sentarse a la mesa" o "escuchar cuando los mayores hablan".
Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias. Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera. Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié "las reglas" mediante el sano y excitante proceso de la "travesura" que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites.

Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente.

La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo predecible.

El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo. Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a cumplir.

Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había"travesuras" sin "castigo", y una enorme cantidad de "reglas" que no se cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite).

El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas arriba. Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: la impunidad.

¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad. En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad. Le explicaré: Justicia, porque "el que las hace las paga". Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo... Y ni un minuto más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.

Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así fue en mi casa. Y así creí que sería en la vida. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que en mi casa de la infancia había algo que hacía la diferencia, y hacía que todo funcionara. En mi casa había una "Tercera Regla" no escrita y, como todas las reglas no escritas, tenía la fuerza de un precepto sagrado. Esta fue la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:

Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su lugar.

Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo. Eso es lo que nos arruinó.
La INSOLENCIA. Usted puede romper una regla, es su riesgo, pero si alguien le llama la atención, o es atrapado, no sea arrogante e insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar... a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes. La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar. Así no hay remedio.

El mal de los Argentinos es la insolencia. La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza. La insolencia hace un culto de cuatro principios:

-Pretender saberlo todo
-Tener razón hasta morir
-No escuchar
-Tú me importas, sólo si me sirves.

La insolencia en mi país admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación. La insolencia en mi país logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que pagan los que sí pueden trabajar (Muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo, cierran los caminos y no dejan trabajar a los que sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira. Así nos vamos a quedar sin trabajo todos.

Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.

Bueno, y así están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi casa serían las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas?

Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa mayoría. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿Por qué nos acostumbramos tan fácilmente a los atropellos de los insolentes? Yo se lo voy a contestar, PORQUE ES MÁS CÓMODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados.

Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.

Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros.
No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un tacho de basura.
Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel.

Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla!! Si es un automovilista respete los semáforos, y respete los derechos del peatón.

Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.

Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA. Yo creo que la insolencia colectiva tiene un solo antídoto, la responsabilidad individual. Creo que la grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada.

Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier cosa. Porque hay que aprender a hacerlo todos los días. Ése es el desafío.

Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los días, todo el tiempo. Nuestro país está condenado: O aprende a cargar con la disciplina o cargará siempre con el arrepentimiento.

¿A USTED QUÉ LE PARECE? ¿PODREMOS RECONOCERNOS EN LA CALLE?

Dr. Mario Rosen
Espero no haber sido insolente. En ese caso, disculpe.


6 ohmmm:

Ana dijo...

No ser insolentes? Ser respetuosos? Acá en mi país? Mmm... Argentina año verde!

Akasha dijo...

Debo ser la unica maniatica que cuando va a cruzar la calle, lo hace por las esquinas, y espera al semaforo en las avenidas...desde la vereda, y no pisando la calle...(tema de algun posteo futuro en mi blog...)

Tambien levanto la caca de mi perra, llevo siempre una bolsita y recojo los popos de mi amada y aristocratica Filomena.

:)

Hagamos Ohm dijo...

Ana:

Pienso lo mismo en mi país. Será contagioso?

Akasha:

Es un granito de arena, y es algo que muchos no quieren entender, por comodidad, o vaya uno a saber porque.

Para mi empezar por uno es fundamental.

LAdriana dijo...

me gusto mucho la idea, es ese el problema, la insolencia
e vero

ojovidrioso dijo...

La verdad es que no estoy muy de acuerdo con varias cosas de ese mail.
En mi casa también se establecían reglas parecidas. No lo critico, porque considero que tuve una muy buena educación, pero en principio no es la actitud que tomaría con eventuales hijos mios.

Una cosa que me hizo ruido fue que "mamá se quedaba en casa y siempre había trabajo para los papás".
Lo del trabajo no se que tan cierto sería, pero si mamá no trabajaba, comoq ue es lógico...

Lo de la insolencia y la impunnidad lo comparto. Forma una gran parte de la realidad.

Sin embargo, la realidad es así. No hay reglas. No hay piedad. No hay nada. Hay gente que trata de seguir un camino y gente que le importa un carajo de nada con tal de conseguir lo que quiere.

Hay un marco que nos debería respaldar y al que podemos recurrir en la vida con suerte disímil.

Pero sí estoy de acuerdo en que cuanto mas actuemos de acuerdo a nuestars convicciones, y cuanto mas impidamos que nos pasen por encima, y cuanto hagamos respetar las reglas básicas de convivencia, mejor será nuestar sociedad.

Tarea nada fácil. Pero se puede empezar y reintentar.

Hagamos Ohm dijo...

Ojo:

Comparto con vos lo que te hizo ruido.

Respetar las reglas básicas de convivencia, no debería ser complicado...